La creación del Colegio de Artistas del Perú ha abierto un debate que va mucho más allá de una norma legal. En las calles, en los colectivos culturales y en redes sociales, la discusión no se centra solo en una ley recién aprobada, sino en una pregunta de fondo: ¿quién puede ser considerado artista en el Perú?
Para algunos, la medida representa un paso importante hacia el reconocimiento formal de una actividad que durante años ha sido invisibilizada. Para otros, en cambio, es una decisión que podría terminar poniendo fronteras a algo que, por naturaleza, no debería tenerlas.
El problema aparece cuando el arte intenta ser encajado en una estructura rígida, como si se tratara de una profesión tradicional más. La ley plantea la creación de un colegio profesional que agrupe a artistas formados en instituciones como universidades, escuelas superiores o institutos. Sobre el papel, suena a orden, reconocimiento y formalidad. Pero en la práctica, ha encendido alertas.
Y aquí conviene ser claros.
El error está en pensar que el arte puede tratarse como una profesión cualquiera.
El arte no es solo un oficio. Es experiencia, identidad, calle, tradición y creación libre. Reducirlo a requisitos formales es una simplificación peligrosa.
Diversos colectivos de músicos, actores y artistas independientes han expresado su rechazo. En ciudades como Arequipa, se han registrado pronunciamientos de gremios culturales que advierten que la norma podría dejar fuera a miles de creadores autodidactas.
Creadores que no pasaron por aulas, pero sí por escenarios reales.
Por calles, fiestas, barrios y comunidades.
Y en sus reclamos se repite una idea clave: el arte no siempre nace en una institución.
Las críticas no se han quedado en comunicados. También se han visto movilizaciones y pronunciamientos públicos donde se advierte que la ley podría dividir al sector entre “profesionales colegiados” y “artistas sin reconocimiento oficial”.
En un país donde la cultura popular y el arte callejero tienen un peso enorme, esa división no es un detalle menor.
Desde el otro lado, algunos defensores de la norma sostienen que el colegio permitirá ordenar la profesión artística, dar mayor representación y proteger derechos laborales. Para ellos, se trata de una herramienta de fortalecimiento institucional.
El argumento es válido en intención, pero incompleto en alcance.
No se trata solo de organizar, sino de decidir quién es reconocido como artista.
Y ese punto cambia todo.
Porque cuando el reconocimiento se vuelve filtro, el riesgo ya no es técnico. Es cultural. Es simbólico.
El arte, a diferencia de otras profesiones, no siempre responde a títulos ni certificaciones. Responde a la experiencia, a la calle, a la tradición y a la creatividad.
Y cuando se intenta ordenar sin entender eso, el resultado puede ser una norma que excluye más de lo que incluye.
Por eso, más allá de estar a favor o en contra de la ley, el debate de fondo sigue abierto. El Estado puede reconocer y proteger a los artistas, sí. Pero la pregunta es cómo hacerlo sin convertir ese reconocimiento en una barrera.
Porque el problema no es reconocer al artista, sino intentar domesticarlo.
El arte no necesita permiso para existir.
Artículo de opinión por: Efrain Chancolla Vilca


