9 de junio de 2026

A mi hermano le tocó ser miembro de mesa a los 18 años

Sin capacitación previa y bajo el frío de Paucarpata, Juan debutó como ciudadano cargándose al hombro la jornada electoral.

El lunes por la mañana, mientras tomábamos un café tardío en la cocina, alcancé a notar el cansancio real en los ojos de mi hermano menor, Juan. El despertador de su teléfono había sonado a las cinco y media de la mañana del día anterior. Para cualquiera de sus amigos de 18 años, un domingo a esa hora es el final de una fiesta o el centro de un sueño profundo. Pero para él y para más de 27 millones de peruanos, ese domingo 7 de junio era diferente. Era el día de la segunda vuelta electoral y, tras haber cumplido la mayoría de edad en febrero del 2026, le tocaba debutar como ciudadano al emitir un voto por primera vez. Lo que ninguno de los dos imaginaba el día previo era que terminaría cargándose al hombro la democracia de todo un barrio.

Según me contó, a las 6:40 a.m. el frío de la mañana arequipeña molestaba los huesos mientras caminaba hacia su colegio de votación en Paucarpata. Me confesó que la Institución Educativa tenía el mismo olor a pabellón limpio y el patio de cemento donde tantas veces jugó fútbol. Sin embargo, esta vez no iba con mochila de escolar, sino con la credencial de primer miembro suplente. Un cargo que parecía un simple “por si acaso”.

Pero el azar electoral es caprichoso. Me relató que dieron las siete de la mañana y la fila de votantes empezaba a impacientarse afuera del aula. Adentro, faltaba uno de los miembros titulares. Pasaron los minutos de tolerancia y la ley de votaciones no espera a nadie. Por orden estricto, Juan tuvo que dar un paso al frente y asumir el reto.

En esta parte de la conversación mi hermano esbozó una sonrisa y me comentó que, confiado en su condición de suplente y abrumado por las clases de la universidad, nunca asistió a las capacitaciones previas. Le tocó aprender el trabajo “en la cancha”. Su prueba de fuego llegó con los primeros votantes. Entre los nervios y el desconocimiento, olvidó firmar el reverso de las primeras tres cédulas antes de entregarlas. El reclamo airado de un personero de partido y la mirada severa del coordinador de la ONPE congelaron el aula por un instante. Tras una rápida corrección sobre la marcha, y bajo la presión de una fila que afuera empezaba a quejarse por la demora, logró adaptarse. Escuchándolo hablar me di cuenta de que mi hermano pequeño había crecido de golpe en esa mesa.

Me describió una jornada larga que transcurrió entre el calor sofocante del mediodía y el desfile incesante de vecinos en un distrito donde la polarización política se respiraba en las miradas desconfiadas entre los personeros de ambos candidatos. Lo más conmovedor para él fue ver a los adultos mayores de Paucarpata. Llegaron arrastrando los pies, apoyados en bastones, pero con una puntualidad inglesa, siendo los primeros en cumplir. También vio llegar a personas con discapacidades severas que, a pesar de las barreras físicas del colegio, insistieron en ejercer su derecho. Para Juan, el actuar de esos ancianos fue una lección de civismo que ningún libro escolar le había enseñado.

A media tarde, el cansancio empezó a pasar factura. El almuerzo que les entregó la organización electoral no ayudó mucho a recuperar fuerzas: una lata de atún, un paquete de galletas integrales y una botella de agua. Un menú austero y frío para una jornada que ya sumaba casi diez horas.

A las cinco de la tarde, el crujido de las pesadas puertas de metal del colegio anunció el fin de la votación. Pero para Juan y sus compañeros de mesa, el trabajo más pesado apenas comenzaba. El aula se cerró y empezó el escrutinio. Contar los votos de una segunda vuelta parecía sencillo porque solo había dos opciones, pero el ambiente se volvió denso. Cada “voto válido” en disputa era peleado por los personeros que vigilaban sobre sus hombros.

Alrededor de las ocho de la noche y con el frío colándose por las ventanas rotas del aula, un número mal sumado en el acta de sufragio amenazó con hacerlos reiniciar todo el conteo. Las cifras no cuadraban por dos votos. Juan me explicó que repasó las hojas de borrador con el dedo, revisó los votos nulos y encontró el descuadre ante la mirada aliviada de toda la mesa. El eco constante de “voto para tal” por fin se detuvo.

Con un suspiro profundo, al promediar las nueve de la noche, los tres miembros sellaron el último sobre plástico. Tras entregar el material electoral y recibir la constancia de la ONPE, a Juan le devolvieron su DNI. La caminata de regreso a casa, bajo el cielo oscuro y silencioso de Paucarpata, sirvió para que la adrenalina finalmente bajara.

Yo no viví su jornada, pero sí viví su retorno. Juan cruzó la puerta de la casa a las diez en punto de la noche. Venía con los hombros caídos, los ojos enrojecidos por el cansancio y arrastrando las zapatillas. Se sentó en el sillón de la sala, suspiró profundamente y rompió el silencio de la casa:

—Llegué —dijo, exhausto.

Yo lo miré desde el otro lado de la sala, levanté el pulgar en señal de aprobación y le respondí con una sonrisa:

—Alégrate, te pagarán 165 soles por lo que hiciste.

—Algo es algo —replicó mi hermano, dibujando una sonrisa tranquila en su rostro antes de quedarse medio dormido.

Hoy sé que regresó a la universidad no como el alumno que recibe lecciones, sino como un ciudadano maduro, responsable y que es el orgullo de mi familia.

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