Crónica: A las siete de la mañana del 1 de junio, la avenida Venezuela ya tenía movimiento. Los buses pasaban llenos y los estudiantes llegaban con mochilas y cuadernos. Pero al acercarse al área de Sociales de la Universidad Nacional de San Agustín encontraron una escena distinta. Las puertas estaban cerradas con cadenas y candados. En las rejas colgaban carteles con mensajes contra el rectorado y el Comité Electoral.
Un grupo de entre cinco y diez estudiantes encapuchados permanecía cerca del ingreso. Habían colocado las cadenas durante la madrugada y controlaban el acceso al campus. Detrás de ellos se escuchaban voces y consignas. El ruido venía tanto desde el interior como desde el exterior. Algunos reclamaban transparencia. Otros pedían ingresar para asistir a clases.
Frente a la puerta principal se formaron pequeños grupos. Había estudiantes sentados en el suelo y otros de pie esperando una respuesta. Algunos revisaban sus celulares. Otros discutían sobre el presunto desfalco de más de ocho millones de soles y sobre las elecciones universitarias que motivaron la protesta.
Los docentes llegaban uno tras otro y miraban las cadenas con sorpresa. Varios se detenían unos minutos frente a los carteles antes de retirarse. Los vigilantes permanecían cerca del ingreso, pero no intervenían. El ambiente estaba lejos de ser silencioso. Entre tambores, conversaciones y gritos, el frontis de Sociales se convirtió en un punto de tensión desde temprano.
La toma reunió a estudiantes que cuestionaban el proceso electoral universitario y exigían explicaciones sobre el manejo de los recursos de la casa de estudios. Las pancartas pedían la salida de los integrantes del Comité Electoral y una investigación sobre el destino de los fondos denunciados por los manifestantes.
A media mañana, un estudiante intentó ingresar al campus para asistir a clases. No pudo pasar. Los candados seguían en las puertas y el acceso estaba restringido. Solo los beneficiarios del comedor universitario recibían autorización para entrar. El resto debía permanecer fuera de las instalaciones.
La protesta también atrajo a numerosos medios de comunicación. Cámaras, micrófonos y transmisiones en vivo ocuparon parte de la vereda. La cobertura local siguió de cerca el desarrollo de la toma mientras más estudiantes se acercaban para conocer lo que ocurría dentro del campus.
“Queremos estudiar, pero también queremos una universidad transparente”, comentó un alumno que permanecía en los exteriores junto a sus compañeros. La frase se repetía en distintas conversaciones a lo largo de la mañana.
Con el paso de las horas, la tensión se mantuvo. Las cadenas seguían en su lugar y las actividades académicas permanecían paralizadas. Finalmente, la Universidad Nacional de San Agustín emitió un comunicado en el que anunció la suspensión de clases en el área afectada por la toma.



