Artículo de opinión: Cada aniversario de Arequipa, el volcán Misti aparece en afiches, videos promocionales y discursos oficiales. Es el símbolo que identifica a la ciudad dentro y fuera del país. Sin embargo, basta recorrer sus faldas para encontrar una realidad muy distinta: basura, escombros y residuos de construcción donde debería haber naturaleza.
La reciente jornada de limpieza realizada por el Club Deportivo de Andinismo Arequipa dejó una cifra que debería preocuparnos a todos: 372 kilos de residuos sólidos fueron retirados de la ruta de acceso al volcán. Botellas, latas, bolsas e incluso llantas abandonadas formaban parte del paisaje de uno de los principales atractivos naturales de la región.
Lo más preocupante es que la basura no parece ser el único problema. Durante la actividad, la Segunda Fiscalía de Prevención del Delito constató que parte de la ruta viene siendo utilizada como un botadero ilegal de escombros. Es decir, el daño no es producto únicamente de la irresponsabilidad de algunos visitantes, sino también de quienes encuentran en este espacio un lugar para deshacerse de residuos de construcción.
Esto revela un problema mucho más profundo que la simple acumulación de basura. Estamos normalizando el deterioro de un lugar que representa parte de nuestra identidad. Mientras nos sentimos orgullosos del Misti, permitimos que poco a poco se convierta en un depósito clandestino.
Es justo reconocer el esfuerzo de los 19 andinistas que dedicaron su tiempo a limpiar un espacio que pertenece a todos. También es positivo que el Ministerio Público haya intervenido para dejar constancia de lo ocurrido. Pero estas acciones, aunque valiosas, no deberían convertirse en la solución permanente.
El error está en pensar que el cuidado del Misti depende únicamente del voluntariado. La protección de este espacio también exige mayor fiscalización, sanciones efectivas y una presencia constante de las autoridades para impedir que continúe siendo utilizado como botadero.
Tampoco se trata solo de castigar. Hace falta fortalecer la educación ambiental y comprender que cada botella, cada bolsa o cada saco de escombros abandonado termina afectando un ecosistema que tardó miles de años en formarse y que no puede recuperarse con la misma rapidez.
El lema de la campaña fue “Nuestro volcán, nuestra responsabilidad”. Y resume perfectamente el desafío que tenemos como ciudad. El Misti no pertenece solo a quienes practican andinismo ni a las autoridades que administran el territorio. Nos pertenece a todos.
Porque cuidar el Misti no consiste en admirarlo desde una postal o utilizar su imagen para promover el turismo. Consiste en respetarlo cuando nadie nos está mirando.
El Misti no necesita más homenajes. Necesita que dejemos de tratarlo como un basurero.


